Desde La Moneda se pueden hacer muchas cosas, pero el piso consiste en cumplir con sus obligaciones constitucionales. Si tenemos un plebiscito a la vuelta de la esquina, el gobierno sabe que tiene que asegurar que el proceso se desarrollará de forma impecable. Su prescindencia debe estar garantizada.
Si el Ejecutivo se decanta abiertamente por una opción, entonces no se cumple con la idea de que las alternativas presentes en el voto son igualmente válidas.
Ocurre también que, para quienes optan por rechazar el texto emanado del Consejo Constitucional, lo que menos se quiere es que la decisión del 17 de diciembre se convierta en una evaluación del gobierno. Teniendo un apoyo minoritario, lo que se conseguiría es que la votación se resuelva por una evaluación completamente distinta a la que se está convocando.
Como nos conocemos todos, la opinión de cada quién es de sobra sabida. El disimulo es un arte que por estas tierras se da mal. Entre las recomendaciones básicas que se le debe dar a un turista recién llegado es que el único secreto que debe saber de Chile es que aquí no se guarda ningún secreto.
Así que lo que va a hacer el gobierno lo ha dicho Gabriel Boric sin posibilidad de equívocos: “garantizar el éxito del proceso en sus términos procedimentales”.
De modo que ya sabemos lo que va a hacer el gobierno en el país del hablar oblicuo, decirlo todo sin llamar las cosas por su nombre. No se dice “estoy por el rechazo”, se dice “creo que faltó un acuerdo transversal”, no se dice “esta es una Constitución de derecha”, se dice “esta Constitución no es de consenso”.
Si Arturo Prat hubiera sido de gobierno no habría dicho: “¡Al abordaje muchachos!”, lo apropiado hubiera sido: “En las actuales condiciones, creo que es totalmente improcedente continuar a bordo de la Esmeralda”. Le faltó la sutileza del hablar oblicuo.
Nosotros entendemos estos códigos y sabemos a qué atenernos cuando se está diciendo algo que, en realidad, significa otra cosa, pero lo cierto es que en la campaña comunicacional que se inicia esto no sirve para nada.
Es un esfuerzo que se agota en su simulación, se está convenciendo a los convencidos que no lo necesitan, genera una fácil respuesta desde la oposición y está encarnada por las personas que menos deben llamar la atención.
No importa lo que se diga y cómo se diga, si los personeros de gobierno concentran la campaña en contra de la propuesta de la derecha, lo que se conseguirá es otra derrota. Más que lo que aparezcan comunicando, lo que importa es que el conjunto pase a un segundo plano.
La campaña de la derecha es masiva porque está pensada para un auditorio amplio y es segmentada porque diferencia mensajes por fracciones dentro de ese auditorio. Los mensajes de gobierno son políticos, se dirigen a un reducido grupo y no conecta con las necesidades sentidas de los que definen la elección.
La opción “En contra” ha pasado a la clandestinidad en el gobierno, en versión milenial. Es una simulación de juguete, algo inapropiado para la seriedad de lo que se está definiendo. De aplicar esta mentalidad en dictadura, a la clandestinidad no hubiera sobrevivido nadie.




