Es interesante comprobar que, terminado el análisis fino del texto constitucional que va a hacer plebiscitado el 17 de diciembre, las diferencias más importantes no son específicas, artículos más o menos, sino que son opciones gruesas.
Se pueden resumir los argumentos de quienes se han decantado por el “En contra” haciendo un símil con una frase conocida: esta es una Constitución de la derecha, por la derecha y para la derecha. Es un traje a la medida de un sector de los ciudadanos, pero no de toda la nación.
Y si se tuviera que aquilatar si esto es o no efectivo, conviene observar cómo se argumenta en los territorios de frontera, es decir, aquellos dónde las opiniones ya estuvieron divididas la vez anterior en la centroizquierda, generándose incluso divisiones partidarias, como aconteció en la DC.
En el caso de la Falange, la opinión de su equipo constitucionalista está completamente decantada en contra, mientras que la vez anterior las opiniones estaban parejamente divididas. No se quedaron cortos en calificar el texto de partisano, programático, contradictorio, deficiente e ineficaz.
Se señala que la redacción acomoda a las derechas por consagrar opciones conservadoras en la provisión de derechos económicos, sociales y culturales.
El texto entrega un auténtico programa de gobierno de la oposición más dura en diversas políticas públicas, que queda blindado del debate democrático.
El encabezado que consagra un Estado Social y Democrático de Derecho se convierte, en su aterrizaje conceptual, en un Estado Subsidiario Neoliberal potenciado, lo que es lo mismo que segregar el goce de los derechos sociales.
Lo que divide las aguas aquí no es únicamente la redacción de un texto, sino las implicancias políticas que esta Constitución tendría por tiempo prolongado. Lo que importa es lo que sucedería en la práctica, no solo lo impreso en el papel.
Cuando las votaciones en el Consejo Constitucional dividieron en lo medular a la derecha de la izquierda, lo que ahora está en juego es el permitir o no un desbalance permanente del poder en favor de la actual oposición.
No todo se decide en el plebiscito, pero una parte importante sí. Lo que se va a dirimir es si se mantendrá abierta la opción por un modelo de sociedad integradora e inclusiva, o si se sancionará el predominio exclusivo de un bando.
Si gana el “En contra”, la derecha no perderá nada, pero no lo ganará todo. Lo que se consagraría de triunfar el “A favor” es la existencia de un ganador permanente que se impuso sin intentar una integración más amplia de voluntades. Pensar que un desenlace como ese nos puede llevar a la estabilidad y a la superación de los conflictos es confundir los sueños con las pesadillas.
Una conclusión que empieza a tomar cuerpo en esta frontera es clave para ganar el 17 de diciembre. Si el defecto más importante de lo que se nos ofrece es su sesgo ideológico, su incapacidad de interpretar a la nación toda y las ventajas políticas que se le otorgan a un sector, entonces, hay una conclusión obvia.
La opción que supera a la derecha es aquella en que la redacción constitucional consigue la mayor integración política posible, ahora por la vía parlamentaria. Se puede ganar a la derecha, pero no al hastío que produce un proceso sin fin.





