En su reciente libro, Pedro Sánchez cita a Donald Tusk quien, siendo presidente del Partido Popular Europeo, dijo: “El problema de flirtear con la ultraderecha es que empiezas a pensar igual que ellos”.
Lo digo porque ya se puede analizar la relación que han tenido los integrantes de Chile Vamos con republicanos una vez que estos llegaron a la posición de principal partido del país.
La forma en que se recomponía esta relación era importante porque la caída de los dos partidos rectores de la derecha fue muy intempestiva, por lo que estos pudieron proponerse una recuperación pronta de su sitial de liderazgo.
Todo dependía de quién terminara influyendo más sobre el otro: la centroderecha podía ejercer una influencia moderadora sobre republicanos o estos últimos radicalizaban las posiciones defendidas hasta ese minuto por Chile Vamos. A estas alturas ya tenemos una respuesta a esta incógnita.
No por nada la centroderecha había perdido su posición de privilegio. Tanto su estrategia como vocería se han modificado de forma ostensible. Al principio parecía un acomodo táctico porque un nuevo actor relevante en la oposición le hablaba a su electorado más duro. No era cosa de perder terreno en la propia casa por estar interesados en conquistar nuevos territorios hacia el centro.
La misma apertura a la moderación parecía una decisión cuestionable. Con voto voluntario los votantes habían preferido a los representantes del partido de Kast, bien podía ocurrir que los electores se estuvieran radicalizando y el error consistía en ser demasiado blandos con el gobierno.
A quienes intentaban influir en republicanos les entró la duda. El resultado fue el titubeo inicial y una creciente falta de confianza de la centroderecha en lo obrado hasta entonces. Fueron a morder (o recuperar) parte del terreno conquistado por republicanos y, al final, resultaron ser ellos los mordidos.
A partir de allí, y como saben bien los aficionados a las películas de zombis, empezaron a caminar de un modo muy poco elegante, articularon menos ideas, empezaron a gruñir más, y su aseo personal y verbal dejaron mucho que desear. A alguno se le ha visto vagando por las calles, sin rumbo, murmurando algo así como “que se jodan”. Se trata de un rumor no confirmado.
Los moderados en la oposición han perdido atributos distintivos. Primero se dejó de insistir en el discurso propio y las menciones a los acuerdos se fueron distanciando y diluyendo hasta casi desaparecer y, luego, como el silencio no existe en política, se adoptó el discurso de los favorecidos por los votantes en el plebiscito anterior y en la elección de consejeros constitucionales.
La centroderecha se encuentra en un estado de transformación tan avanzado que no la reconocería ni sus padres fundadores. Es terrorífico. La situación se ha vuelto cada vez menos decorosa, los recientes conversos a un mayor radicalismo tratan de hacer méritos superando a los maestros.
Las vocerías más agresivas ya no son de republicanos, los que, como no tienen que probarle nada a nadie, se ven como mucho más medidos en sus ataques al oficialismo. Como tratamiento de recuperación se sugiere votar En contra.




