Aunque esta tarde La Moneda retrocede con la nueva alza y aplica el Mepco, el daño social y político ya está hecho. Y no será nada fácil de revertir, aseguran especialistas.
El gobierno de José Antonio Kast terminó retrocediendo. Después de días defendiendo el nuevo ajuste al Mecanismo de Estabilización de Precios de los Combustibles (Mepco) y apelando a la “responsabilidad fiscal”, Hacienda intervino nuevamente el sistema para contener la anunciada nueva alza de las bencinas y el diésel.
El movimiento evitó que se concretara un nuevo impacto directo sobre los consumidores. Según el informe semanal de ENAP, tras el cambio decretado este miércoles, las gasolinas prácticamente no registrarán variaciones y el diésel incluso tendrá una baja relevante.
Pero el problema político ya no está únicamente en el precio final de los combustibles.
La crisis dejó instalada otra discusión: hasta dónde estaba dispuesto a llegar el Ejecutivo para enfrentar la estrechez fiscal. Porque antes del ajuste correctivo, el propio gobierno había defendido un esquema que traspasaba de manera mucho más rápida el alza internacional del petróleo a los consumidores, generando uno de los mayores incrementos registrados en décadas.
Y ahí apareció el costo político más profundo.
La idea de que la disciplina fiscal podía imponerse incluso a costa de la clase media y de los sectores más vulnerables comenzó a erosionar rápidamente el relato económico de La Moneda. El “bencinazo” dejó de ser leído como un ajuste técnico y pasó a interpretarse como una señal de prioridades.
Por eso el retroceso de esta semana no alcanza a cerrar el episodio. Más bien confirma que el gobierno no percibió el impacto social y político que estaba generando la medida. La utilización extraordinaria del Mepco aparece ahora como un reconocimiento implícito de que el costo era demasiado alto para sostenerlo políticamente.
El problema para el Ejecutivo es que las percepciones suelen consolidarse más rápido que las correcciones administrativas. Más aún con el torpedo bajo la línea de flotación de la megarreforma que le propinó el Consejo Fisca Autónomo.
Porque aunque el nuevo decreto alivió parcialmente la presión sobre los precios, no logró desactivar la sensación instalada durante los últimos días: que el ajuste fiscal terminó golpeando primero a quienes dependen del auto para trabajar, del transporte para movilizarse o de la parafina para calefaccionarse.
Y en política económica, muchas veces el daño no lo produce solamente la medida. Lo produce también la señal.






