Política

El gobierno sale a respirar y la derecha a cambiar de liderazgo

Víctor Maldonado R. Sociólogo

Licenciado en Sociología y Magíster en Ciencias Políticas, ambas de la Universidad de Chile.

El ideal de una campaña es que su punto cúlmine se produzca justo antes del desenlace y sus efectos se reflejen en las urnas. Como esto es así, el gobierno y la centroizquierda no podían llegar en posición más comprometida al plebiscito.

La campaña de derecha consistía en poner el foco no en la decisión constitucional, sino en la crítica al gobierno, enfatizando la falta de seguridad. Se trataba de canalizar la rabia hacia quienes están en el poder.

Si todos estaban igual de molestos con el conjunto de la clase política, ganaba el En contra y si el gobierno era identificado como la fuente de todos los males, ganaba el A favor. La derecha, convencida de triunfar, fue agresiva, arrogante y mostró tanto sus auténticas convicciones que terminó por hartar a muchos.

Los errores del gobierno, evidentes y concentrados en el peor momento, al final de la campaña, no dejaron ver las faltas cometidas por la oposición, sin las cuales no se explica el resultado que tenemos. La derecha ganó el plebiscito pasado enmascarada en un discurso ciudadano y ahora perdió a rostro descubierto, presentándose como lo que es. Se la vio, reconoció y rechazó, todo en uno.

Cuando se opta por polarizar, el efecto práctico es que ambos bandos conservan sus núcleos de apoyo duro porque cada uno se ve ratificado en sus preferencias. Se entiende que es una decisión entre “ellos” y “nosotros”. Son aquellos electores que no se definen en base a los argumentos de campaña porque adscriben a un bando de forma permanente.

Quienes definían este plebiscito eran, en cambio, los indecisos y, dentro de este grupo, las mujeres. Aquí se concentraba la incógnita real porque ellas tenían buenos motivos para votar por cualquiera de las dos opciones.

El oficialismo tuvo su mayor acierto en esta campaña al concentrarse en alertar a las mujeres que se ponía en riesgo sus derechos y conquistas. De allí que la oposición buscara dar garantías de que esto no era así y no lo logró.

Los que sufragan a todo evento por un sector político son un grupo importante, tal vez la mitad de los votantes, pero ya no son los que deciden las elecciones.

Los que deciden en política son aquellos a quienes menos les interesa la política, al menos su práctica cotidiana. Este fenómeno se hizo irreversible con el voto voluntario. Como la centroizquierda se moderó como nunca, se fue ampliando.

A algunos les puede preocupar que nuestro destino esté en manos de un grupo del que se puede esperar grandes oscilaciones en sus preferencias, muy dependientes de la contingencia. Este no es el verdadero problema.

En un país con la población más culta e informada de nuestra historia, que ha mostrado su profunda implicancia en las causas justas que le interesan, no es hacia la gente donde hay que dirigir la mirada para mejorar la situación.

Lo que hay que preguntarse es si en la actividad política se está a la altura de producir un interés semejante por los asuntos públicos. De momento no es así, ni por la acción del gobierno, del oficialismo o de la oposición, no porque no sepan difundir sus puntos de vista, sino porque es lo único que hacen sin el esfuerzo de confluir en consensos factibles. Ahora, es la centroizquierda la que tiene que adoptar un lenguaje y una visión ciudadana. Alejarse es perder.

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