Estamos en plena recaída colectiva. Nos acercamos al 11 de septiembre en medio de un intento deliberado de muchos que esta fecha nos encuentre lo más divididos que podamos. Parece increíble, pero estamos desaprendiendo.
Una fórmula segura para evitar el diálogo y hacer que las divisiones se vuelvan zanjas consiste en recordar episodios polémicos sin ningún contexto. Ocurrió en la sesión plenaria de la Cámara de Diputados, donde se hizo lo posible para que el grito reemplazara el argumento, y las señales de burla y rabia se cruzaran.
Cuando comienzan estos episodios los problemas crecen porque se dan cita la exaltación de los que se polarizan, sin la menor intención de hacerse cargo de la espiral que se crea, y la cobardía de los demás, que dejan que de las palabras se pasen a los hechos violentos cuando está en sus manos impedirlo.
Hay un respeto básico a los caídos y este consiste en escucharlos en su postrer legado. Salvador Allende dijo en La Moneda: “superarán otros hombres este momento amargo”. Dijo “superarán”, no “repetirán”. Eso importa.
Reaccionar ante la declaración de la Cámara de Diputados del 22 de agosto del 73 fuera de su contexto es sacar conclusiones de una lección que se ignora.
Sobre el principio de la crisis del 73 se puede decir al menos tres cosas. Primero, que antes que asumiera la UP, Chile ya caminaba en una cornisa, sin plena conciencia de esa situación. La idea de cambiar para mejor era muy fuerte, la idea de cuidar lo que teníamos era muy débil.
Segundo, era un país que no pensaba que podía ser atacado desde dentro porque se sentía parado sobre un piso muy sólido. Todo parecía muy estable y no merecía discusión que se seguiría viviendo en un Chile muy normal y seguro.
Da pánico pensar que en los doce meses que rodean, antes y después, la llegada de Allende al poder hay 23 muertes por violencia política, partiendo por el comandante en jefe del ejército, René Schneider, y llegando al ex ministro del interior, Pérez Zujovic, y, de todas maneras, el país se creía normal. Se salía a la calle, se trabajaba y volvía a las casas y todo parecía normal. Parecía.
Tercero, casi hasta el final, cuando se evidenció que no había salida que no fuera el plebiscito, se vivió una época de gran optimismo y fe en un mañana mejor y que eso no solo era posible, sino que se estaba logrando.
Digo esto porque no se entiende fácilmente lo que pasó ubicados, como estamos, en circunstancias de base casi opuestas a las de hace medio siglo. Nosotros nos reconocemos transitando entre desfiladeros. Sabemos que no hay ningún cambio importante en curso y, si hubiera alguno, no sería para mejor.
Estamos conscientes, también, de que nada de lo que nos rodea es sólido y que podrán pasar muchas cosas, pero que la única certeza que tenemos es que vivimos en transición hacia otra parte de la que tenemos pocas noticias. No hay quien crea que lo que estamos viviendo pueda ser catalogado como “normal”.
Tercero, Chile es hoy un país pesimista. El mañana puede ser peor. Los problemas se pueden agravar. La violencia nos puede ganar. A los que murieron se les arrebató el tiempo para superar la crisis. Nosotros lo tenemos. Existe la valentía de reflexionar juntos. Del grito sale la crisis; del diálogo, la esperanza.






