La estrategia del Gobierno para aprobar la megarreforma entró en una nueva etapa. Luego del frustrado acuerdo alcanzado con un grupo de senadores del PPD, el ministro del Interior y vocero, Claudio Alvarado, reconoció que «no está el escenario para un entendimiento global con la oposición», admitiendo implícitamente que en la Megarreforma, el Gobierno ya asume el fracaso en un acuerdo transversal.
Las declaraciones marcan un cambio respecto del discurso que predominó durante las últimas semanas, cuando La Moneda insistía en alcanzar un acuerdo político amplio que otorgara mayor legitimidad a una reforma llamada a proyectarse por décadas. Los sectores más extremos del gobierno, siempre mantuvieron abierta, en todo caso, que la opción de imponerse por un voto bastaba.
Del consenso a los acuerdos parciales
Alvarado sostuvo que, ante una oposición que mayoritariamente ha cerrado la puerta al diálogo, el Gobierno deberá «ir buscando entendimientos parciales». La afirmación llega apenas días después del quiebre del protocolo suscrito con los senadores del PPD, luego de que el Ministerio de Hacienda ingresara una indicación que rebajaba del 23% al 22% el impuesto corporativo, modificación que los parlamentarios consideraron una alteración de las bases del acuerdo.
Aunque el ministro aseguró haber solicitado retirar esa indicación para restablecer los términos originales de la conversación, reconoció que el escenario político cambió y que el Ejecutivo seguirá dialogando con quienes estén disponibles para respaldar aspectos específicos de la reforma.
Mayoría circunstancial es legitimidad suficiente
Más allá del resultado legislativo, el episodio instala una interrogante política.
Una reforma estructural puede aprobarse por un voto de diferencia. La Constitución así lo permite. Sin embargo, cuando se trata de modificaciones destinadas a perdurar durante décadas, la estabilidad política suele depender no solo de reunir los votos suficientes, sino también de construir consensos que sobrevivan a un cambio de gobierno.
En ese sentido, la declaración de Alvarado parece asumir que ese objetivo quedó, por ahora, fuera de alcance. El Ejecutivo buscará aprobar la megarreforma con los respaldos que consiga en cada etapa del trámite legislativo, aun cuando ello implique renunciar a un entendimiento político más amplio. Es el anuncio del «pirquineo» furioso. Eso intentó con el PPD y los resultados quedaron a la vista.
La política suele medir sus triunfos por los votos obtenidos el día de una votación. La historia, en cambio, acostumbra evaluarlos por su capacidad para mantenerse en el tiempo. En esa tensión parece situarse hoy el principal problema del Gobierno. Un triunfo pírrico probablemente no podrá sostenerla más allá de este gobierno.
Y, sin perjuicio de lo que diga en Tribunal Constitucional.






